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Al elegir vocación

A tu amparo me acojo Santa María de la Buena Elección,
maravillado por la claridad con que supiste discernir
y acoger las palabras del Mensajero divino.
Bien sabes qué difícil es elegir correctamente el camino en la vida,
descubrir par qué he nacido, pues al hacerlo pongo en riesgo mi felicidad
en el tiempo y para la eternidad.
Sé que debo buscar con prudencia y con todo cuidado las señales
que apuntan en la dirección correcta, que no es asunto de gustos
o de disgustos, sino del mejor camino para mí.
Precisamente de eso se trata, de mi vida.
Lo que es excelente para otro, muy bien puede
no ser bueno para mí.
Quiero elegir sin errar pues estoy convencido
de que es fundamental para mi plena realización.
Pero el ruido del mundo, la falta de hábito, las ideas preconcebidas
y hasta los decires de quienes con buena intención se quedan sólo en apariencias
sin comprender realmente lo que vivo, hacen tan difícil
elegir correctamente y tan peligroso inclinarme a un tipo de vida
para el cual no he nacido y en el cual me encontraría fuera de lugar.
Sé que tengo que obrar con prudencia, escuchando opiniones, pero sin dejar
que ellas me determinen, buscando siempre el designio divino,
sin dejarme impresionar tanto por los aparentes beneficios temporales
que hoy quizá me deslumbran, por lo que veo como un futuro idealizado,
sino viendo con mayor realismo lo que me depara el mañana
según mi profunda naturaleza y condiciones.
¡Oh Santa María de la Buena Elección!, cuida mis pasos,
guíame por la senda correcta y obténme la ayuda divina para que
pueda libremente hacer una buena elección.
Por mi parte te ofrezco ser lo más sereno posible, evitar toda momentánea
fascinación, reflexionar con toda seriedad, conocer y evaluar
los distintos estados y sus condiciones, buscar las señales
del camino que debo recorrer, consultar con total libertad
a personas prudentes, rezar con perseverancia
pidiendo iluminación y, en fin, poner cuanto esté de mi parte
para cooperar con la gracia en hacer una buena elección.
Así sea.

 

Mensaje del SS Juan Pablo II para la XL Jornada mundial de oración por las vocaciones 11-V-2003

“María, humilde sierva del Altísimo,
el Hijo que has generado te ha hecho sierva de la humanidad.
Tu vida ha sido un servicio humilde y generoso:
has sido sierva de la Palabra cuando el Ángel
Te anunció el proyecto divino de la salvación.
Has sido sierva del Hijo, dándole la vida
y permaneciendo abierta al misterio.
Has sido sierva de la Redención,
“permaneciendo” valientemente al pie de la Cruz,
junto al Siervo y Cordero sufriente,
que se inmolaba por nuestro amor.
Has sido sierva de la Iglesia, el día de Pentecostés
y con tu intercesión continúas generándola en cada creyente,
también en estos tiempos nuestros, difíciles y atormentados.
A Ti, joven Hija de Israel,
que has conocido la turbación del corazón joven
ante la propuesta del Eterno,
dirijan su mirada con confianza los jóvenes del tercer milenio.
Hazlos capaces de aceptar la invitación de tu Hijo
a hacer de la vida un don total para la gloria de Dios.
Hazles comprender que servir a Dios satisface el corazón,
y que sólo en el servicio de Dios y de su reino
nos realizamos según el divino proyecto
y la vida llega a ser himno de gloria a la Santísima Trinidad
Amén”.